De cómo apareció el Redondo en nuestras vidas (2)

Me enteré de que estaba embarazada un sábado a las 8 de la mañana. Aunque era sábado tenía el despertador encendido para poder medirme la temperatura a la misma hora de todos los días. Sonó, abrí un ojo medio milímetro para coger el termómetro, me lo puse y me quedé otra vez frita hasta que empezó a pitar. Abrí el otro ojo también medio milímetro para mirar la temperatura y acto seguido salté de la cama con la velocidad de una chispa “alétrica” que diría mi abuela (eso daría para otro post). Se me pasó todo el sueño de repente. Ya llevaba un día de retraso y ese día la temperatura tampoco me había bajado. 

No quería despertar a la marmota (de ahora en adelante Hombre Tranquilo, que le pega como un guante el nombre) que tenía al lado por si acaso era una falsa alarma así que sin hacer ruido me fui al baño a hacerme un test de embarazo. Y el resultado fue este:

No me lo podía creer. Me parecía ver dos rayas pero es que no me lo creía. Allá me voy yo corriendo con mi tirita a despertar a Hombre Tranquilo para que él confirmara mi hipótesis y efectivamente él también veía dos rayas. Aún así no me conformé y por la noche me volví a hacer otro y durante los próximos días uno cada día hasta que no me quedó ninguna duda. El bebé estaba en camino. 

La verdad es que tuve un embarazo envidiable, no tuve una náusea, ni un mareo, no le cogí manía a ningún alimento… más bien todo lo contrario, comía como una lima. Hasta me daba miedito a mi misma el hambre que tenía. Cuando antes me llevaba una manzana para comer a media mañana en el trabajo, ahora me llevaba un bocadillo de media barra de pan con chorizo… mis compañeras se me quedaban mirando alucinadas, hasta me sacaron fotos para la posteridad. Y eso por que me daba vergüenza, que si no me comería la barra entera y la manzanita de postre. Y luego a mediodía llegaba a casa con un hambre que ya ni veía. Era algo verdaderamente increíble lo que comía. 

En el segundo trimestre mi voracidad seguía exactamente igual. A los cuatro meses de embarazo nos fuimos a Nueva York, teníamos unos amigos viviendo allí y estuvimos cinco días con ellos. Me comí kilos de pizza, muffins, donuts, pretzels, gyros… comida sana, vaya. Creo que les di miedo. 

Durante ese viaje fue donde el Redondo se manifestó por primera vez. Ya hacía unas semanas que notaba algo raro, pero no podía distinguir si eran mis tripas roñando o si eran movimientos de mi alien particular. Y de repente, después de un gyros, dos donuts y un largo paseo en bici por Central Park noté claramente como algo se movía ahí adentro… y no eran los donuts. Definitivamente, le gustó la Gran Manzana. 

Justamente fue en el vuelo de regreso donde hicieron aparición mis archienemigos los pies hinchados que ya no me abandonarían hasta una semana después del parto. Mis tobillos parecían dos columnas dóricas, tengo pruebas:

Así lucían mis pies justo al llegar a casa


Y así estaban un mes antes de dar a luz, este día se me quedaron las bailarinas incrustadas en los pies. 

Yo se lo comenté a mi matrona, con toda la preocupación del mundo, pero ella ya me dijo sin ninguna clase de finura que ese líquido que yo tuve a bien retener durante cuatro meses lo meaba todo en la primera semana del postparto. Tenía razón. 

Y os estaréis preguntando, esta buena mujer, entre el hambre de lobo y todo ese líquido ¿cuanto engordaría durante el embarazo? Pues 13kg. No son tantos ¿no?


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7 comentarios en “De cómo apareció el Redondo en nuestras vidas (2)

  1. Si, un asquito, y además tuve dos bodas ese verano. Salgo en las fotos que de verdad dá grima verme, los gemelos forman un contínuo con los tobillos, o más bien con la falta de tobillos ¬¬
    Besos!

  2. Ay pobre, con lo que molestan los pies hinchados! A mi aquí se me hinchan en verano… y cuando vamos a Coruña me tengo que poner otros zapatos porque se me caen!
    Mi fecha de parto es en agosto, así que no me quiero ni imaginar cómo se me pueden llegar a poner los tobillos y los pies… me parece que estaré patas arriba todo el día!

  3. Si, en mi caso no tuvo nada que ver el peso porque aparecieron muy pronto, entre los 4 y los 5 meses y por aquel entonces pesaba casi lo mismo que antes de quedarme embarazada.
    Menos mal que no fue permanente… ni los pies ni el hambre 😉

  4. Pingback: El cuarto en discordia | días de 48 horas

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